
lunes, 2 de agosto de 2010
Alfonsina

sábado, 24 de julio de 2010
99 pulgas

jueves, 22 de julio de 2010
De niños que escuchan cuentos
Nicolás habla de la relación del cuento y de la televisión con la actividad cerebral, y sin querer caer en una respuesta estereotipada y condenatoria hacia “la tele” cita un estudio en el que se midió la citada actividad en niños que veían la tele, y en aquellos que escuchaban música o historias. En el primero de los casos la actividad se reducía hasta un 5% y en los otros se alcanzaban cotas de hasta un 85 %.
En el Diario Montañés de hoy, en su versión digital, recogen muy brevemente una ponencia de Aura Tazón expuesta en un curso de verano, “Literatura en las aulas”, en Laredo, en la que compara la postura corporal y mental entre los niños que están viendo la tele y aquellos queestán escuchando un cuento. De los primeros dice que “su postura está congestionada, la cara es puro aburrimiento, con los ojos vidriosos”. En cambio, “el niño al que le estás contando un cuento está erguido, los ojos le chispean y está atento. Te suelta preguntas, te pone en aprietos. Es una diferencia tan grande de actividades mentales que creo de verdad que merece la pena potenciarlo”.
http://www.eldiariomontanes.es/v/20100722/sociedad/otras-noticias/escritora-aura-tazon-aboga-20100722.html
Me han resultado curiosas estas dos lecturas del mismo tema en apenas unas horas, y he querido compartirlas. Ya que además, en estos días de asueto, al leer estas reflexiones me han venido a la cabeza algunos rostros, algunas preguntas, algunas posturas, algunos aprietos… de las sesiones realizadas a lo largo del curso.
Y por si fuera poco, Aura Tazón defiende también algo que ya sabemos y sobre lo que tantas veces hemos hablado, “la narración oral como paso previo a la lectura”. Y que aún reivindicando como reivindico los cuentos por el solo placer de escuchar, los cuentos en los teatros como
espectáculo, los cuentos como arte, etc. Defiendo el “daño colateral”, fantástico daño, de los cuentos como paso previo a la lectura. Y que me hacen estar más seguro en mis posiciones cuando en cierta ciudad universitaria que quiere ser capital cultural en 2016 los cuentos desaparecen de las bibliotecas porque solo son espectáculo.
jueves, 15 de julio de 2010
Un corto muy letrado
sábado, 10 de julio de 2010
Un cuento de la antología de cuentos aragoneses
ATU 1359
Husband Outwits Adulteress and Lover
Cura y casada
(variante de ATU 1359, Cf. ATU 1730)
Había una vez en un pueblo una señora muy guapa, de la cual se había prendado el cura. Y siempre que pasaba por su lado le decía:
—María, triqui.
Claro, tantas veces "María, triqui", tantas veces "María, triqui", que la otra al final se lo dijo a su marido. Llega su marido y le dice:
—Cuando te diga "María, triqui" le contestas tú: "Padre cura, traca"— ice —. Te pedirá cita y hora; se la das, que venga, que le vamos a preparar un... un buen recebimiento.
Y efectivamente, al día siguiente o a los dos días, pasa por al lao de ella el cura...
—María, triqui.
La María se vuelve y le dice:
—Padre cura, traca.
—¿A qué hora, a qué hora?
Dice:
—A tal hora en el patio de mi casa.
Bien, sigue la cosa así y el cura por la noche estuvo todo el día en brasas, y cuando llega por la noche a la hora que él había... se había citao con la señora, se dirige el cura a la casa, entra al patio (que estaba la puerta entreabierta) y se mete adentro; pero en el patio estaba el marido y un par de criaos que tenía, lo agarran al cura y lo atan a una columna, lo desnudan.
El cura, que estaba en forma, y pa rebajale aquella enfermedá que tenía y aquel bulto que el cura llevaba [ríe], me sacan un ternero que estaba mamando.
Bueno, el ternero que se creó que era la ubre de su madre, empezó, ¡una forma!, que le pegó una paliza al cura de no te menees; y allí estuvieron, el ternero, ¡lo menos una hora!
A lo último se quedó el cura deshecho; se marchó. Y al día siguiente se encuentra con la María... [ríe] y entonces la María le dice:
—Padre cura— ice —, traca.
Dice:
—¡Ni triqui, ni traca, el que quiea mantenese novillos que se compre una vaca! [ríe]
Archivo de Tradición Oral de Aragón, CV-18 67. José Arruga Jiménez, natural de Sádaba (Zaragoza). Entrevista realizada por Luis Miguel Bajén y Mario Gros el 27 de marzo de 1993.
viernes, 2 de julio de 2010
Un hermoso comentario
jueves, 1 de julio de 2010
¡UN PARQUE CUENTO!


martes, 29 de junio de 2010
Cosas que pasan

EL JUEGO
Antes de que las cosas tomaran este cariz yo era un niño normal: soñaba como todos, reía como todos, refunfuñaba como todos. Hasta que me dio por el juego de esconderme. No es que me escondiera con mucha perspicacia, solo era un niño, me tapaba los ojos y decía “¡no estoy!”. Entonces ellos jugaban a que no estaba, a que había que buscarme por todos los rincones. Yo, inocente, disfrutaba con el juego, pensando que estaba oculto, cuando, en verdad, me encontraba a la vista de todos. Y de pronto me destapaba la cara y gritaba feliz: “¡aquí estoy!”. Y reían y decían: “pero bueno, ¿dónde te habías escondido?”, y cosas así.
Pero un día, no sé qué me dio, quise probar a aguantar el máximo posible escondido, sin que me vieran. La cosa fue más o menos así. Mis padres, mis hermanos y uno de mis tíos se encontraban en el salón, entonces yo me metí debajo de la mesa grande y grité: “¡no estoy!”. Y ahí empezó lo extraño, nadie se levantó a buscarme ni nadie siguió el juego diciendo algo así como: “¡uy! ¿dónde estará el niño?”. Nada. Ningún gesto, ninguna mención, todo seguía como antes: todos sentados en el sofá y las sillas alrededor del café, charlando de sus cosas. Y encima yo me había propuesto durar el máximo. Así que no hice nada, me quedé allí quieto, debajo de la mesa, con los ojos tapados, sintiéndome absolutamente invisible.
Llegó la hora de la cena. Todos sentados en la mesa grande y mi asiento vacío. Fue mi madre la que dijo: “¡Anda! y el nene ¿que no está?”, entonces todos parecieron entrar en el juego exclamando cosas como “pues es verdad, pues no está, ¿dónde se habrá escondido esta vez?”. Pero yo me había propuesto aguantar el máximo tiempo escondido y, además, estaba algo enfadado porque antes no me habían hecho nada de caso, así que no dije esta boca es mía; permanecí allí quieto y callado, rodeado de todos los pies de mi familia. Todavía estaba mi hermano diciendo “¿dónde estará el nene?”, cuando llegó el primer plato. Entonces parecieron olvidarse de mí y se dedicaron a la comida. Según transcurría la cena me iba yo dando cuenta de que cada vez tenía más hambre. Además ya estaba cansado de estar encogido debajo de la mesa y salí dando un gritito de sorpresa: “¡aquí estoy!”. Pero nadie pareció escucharme, todos seguían atentos a sus platos y a su conversación. “¡¡Que aquí estoy!!”, repetí, con algo menos de entusiasmo. Ni me miraron. Como el hambre apremiaba me senté en mi sitio y me puse a comer, parecía que nadie reparaba en mí, tuve que servirme la comida yo solo. Pasé la cena buscando los ojos de los otros, y ninguna mirada se cruzó con la mía. Cada vez me encontraba más perplejo. Era un niño de cinco años, perplejo y algo asustado. Antes de terminar la cena mi padre repitió: “pero ¿dónde estará el niño? Hace rato que se ha escondido y nada”. Entonces parecieron caer: “es verdad, es verdad, ¿dónde se habrá escondido esta vez?”. Yo les miraba atónito, entonces grité: “¡¡aquí, aquí!! ¿es que no me veis? ¡estoy aquí, en la mesa con vosotros!”. Pero nadie me miró ni pareció darse por aludido. Yo quería llorar, estaba tan asombrado que no dejaba de gesticular y gritar, incluso me agarré de la falda de mi madre, y nada, ni se dio cuenta de que yo estaba allí. Llegó la noche y me fui a mi cuarto a dormir; seguro de que todo era una pesadilla y cuando despertara, el día luminoso me llevaría de nuevo junto a los míos.
No fue así. Pasaron días, semanas, meses, años. Crecí con ellos, pero nunca parecieron saberlo. La costumbre les hacía decir de vez en cuando cosas como: “¿dónde se habrá escondido el niño?”, y se asombraban de mi pericia. Al principio yo trataba de llegar hasta ellos, pero a los pocos meses desistí. Tampoco se estaba tan mal así. Iba al colegio cuando quería, veía la tele que me apetecía, comía lo que me gustaba...
Comprendí que la cosa era definitiva cuando en unas navidades (yo tenía ya ocho años) mis padres contaron la historia de un hijo suyo que un día se había escondido tan bien que ya no lo habían encontrado nunca más. La historia divirtió de lo lindo al resto de la familia. Incluso a mí.
jueves, 24 de junio de 2010
Todo un privilegio
Educación y Biblioteca